Los que viven de noche
Las vidas de los cazavampiros, 2.
Las Vidas de los cazavampiros son notas que amplían y desarrollan las vidas de los personajes del Sol Muerto, y especialmente de los que aparecen en El descubrimiento de los vampiros. Aquí tienes el primer número. Si te gusta, sería de gran utilidad que me ayudaras a compartirlo.
Dalibor asumió hasta qué punto había cambiado su vida cuando cruzó —en esta ocasión, en barco— el Danubio para irse a vivir con su abuela. Él y su hermana se habían quedado sin padres, pero aún tenían a Zorka, que se ofreció a hacerse cargo de ellos. Vivía en las afueras de Novi Sad. Tan en las afueras que su casa estaba ya rodeada de bosque. Vivía, de hecho, del bosque, y también en el bosque, y todo lo que podía lo obtenía del bosque.
Muchos años antes, cuando todavía era una niña, Zorka aprendió lo que era la guerra, y lo aprendió tan bien que nunca lo olvidó, y el proceso de odio, destrucción y muerte al que se habían abocado los yugoslavos no la pilló por sorpresa. Yo ya dije que esto iba a pasar —decía a todo el que la escuchaba— pero nadie me hace caso. Los hombres no aprenden nunca, decía también. Y los de ahora menos que los de antes, porque los de ahora, para colmo, se creen muy listos.
Durante un tiempo, Dalibor aprendió que el olvido o la negación eran herramientas útiles para alcanzar algo parecido a la felicidad. Dejó atrás los libros y la cultura escrita —los dejó, de hecho, en la casa de sus padres— y aprendió a valerse por sí mismo mediante los frutos del campo y los inmensos recursos del bosque. Recogía leña, recolectaba setas y arándanos, atendía la modesta granja de su abuela, la ayudaba a cocinar, y cuando llegaba el ocaso, se sentaba con ella ante las suaves colinas de Fruska Gora, y la oía cantar las viejas leyendas, historias que nunca había oído y que lo transportaban a mundos de fantasía.
¿Por qué no me contaron nunca esas historias? —preguntaba. Porque tus padres, que Dios los tenga en su gloria, también se creían muy listos — era casi siempre la respuesta de Zorka.
Aquellas historias hablaban de héroes muy distintos a los que él conocía, y también de monstruos nocturnos llamados vampiros. Mucho tiempo después, Dalibor Dodig se preguntaría por qué, habiendo vivido los primeros quince años de su vida en una región que fue, en su día, la capital del vampirismo europeo, solo oyó hablar de los vampiros cuando que se fue a vivir con su abuela, en la humilde casa del bosque.
La pequeña Jelena se asustaba mucho cuando Zorka mencionaba a los vampiros. Sin embargo, Dalibor se dio cuenta de que, en aquellas historias, los vampiros no eran los que daban miedo, y tampoco eran los que parecían más peligrosos. Aquellas historias los describían de una forma extraña. Podían ser letales, pero también admirables. Tenían un mundo propio. Construían reinos que solo existían en la oscuridad, y allí, al amparo de la noche, a la suave luz de las estrellas, hablaban de cosas que los vivos no entendían.
Algunos de los versos que la abuela cantaba —y los cantaba al modo de los bardos de la Antigüedad— se le quedaron grabados en la memoria, y ya nunca lo abandonaron:
En las iglesias de piedra
rezaban los monjes blancos.
Pedían que el rey vampiro
gobernara en las tinieblas.
Dalibor, un día, preguntó por qué esos monjes blancos rezaban a favor del rey vampiro. Su abuela no lo sabía. Así es como dice la canción, decía.
Y los vampiros lucharon
contra los hombres del borde.
Llantos de Lilith y Belun
cayeron sobre las piedras.
Muchos años después, cuando estuviera estudiando en la universidad, Dalibor habría de recordar esos versos, en particular esa referencia a los hombres del borde, y asumiría que en la Edad Moderna, cuando la tierra que ahora pisaba era frontera entre el islam y el mundo cristiano, hubo realmente unos hombres del borde, y esos hombres se llamaron Grenzer. Eran soldados. Protegían Austria de los ataques de los turcos.
Y los vampiros lucharon
contra los hombres del norte.
Llantos de Belun se oyeron
por los que viven de noche.
Dalibor no entendía por qué unas veces eran los hombres del borde y, otras, eran los hombres del norte. Así es como dice la canción, decía Zorka.
Los vampiros lucharon, se repetía Dalibor, en el interior de su cabeza, durante las frías noches de invierno. Belun lloraba por ellos. No lloraba por los hombres del borde y tampoco por los del norte. Belun lloraba por los vampiros. Y Lilith también. ¿Por qué Belun? ¿Por qué Lilith?
La destrucción y la muerte pasaron por fin, y Dalibor, que había cumplido veinte años, recibió de su abuela un último consejo. Ve —le dijo— vuelve a la ciudad, y estudia las cosas de los vivos, y enséñales a recordar a los muertos. No dejes que se olviden de los muertos, porque si lo hacen, los muertos volverán.
Así, cuando aún no habían pasado más que unos años del nuevo milenio, Dalibor Dodig volvió a cruzar el Danubio, esta vez a pie, por un nuevo Puente de la Libertad, y mientras se preguntaba cuánto duraría esta vez, se adentró de nuevo en las calles de Novi Sad. Reabrió la vieja casa de sus padres. Miró la inmensa biblioteca. Recorrió los lomos. Vio libros de Ivo Andrić, de Miroslav Krleža, de Meša Selimović, de Liviu Rebreanu, de Zsigmond Móricz. Estaban aún ordenados por secciones y, luego, por estricto orden alfabético, y tenían, muchos de ellos, introducidos entre sus páginas, pequeñas fichas que sus padres rellenaban, fichas en las que anotaban, con esmero y una excelente caligrafía, las páginas que contenían las ideas más valiosas o las frases más bellas. Esas fichas eran su herencia.
Ese mismo año se matriculó en Historia, en la misma facultad en la que había enseñado su padre, al que ya nadie recordaba o nadie quería recordar, y lo hizo a sabiendas de que la Historia no era lo que sucedió en el pasado, sino lo que estaba por venir.




lo hizo a sabiendas de que la Historia no era lo que sucedió en el pasado, sino lo que estaba por venir.
Predecir el pasado para reconstruir el futuro.
Donde Fruska Gora y Humania se tocan.