Los artistas del ZKRA
El descubrimiento de los vampiros (5), donde describo los motivos que me llevaron a Sarajevo, y después, a Belgrado, y más tarde, a Novi Sad.
Este es el quinto capítulo de “El descubrimiento de los vampiros”, una ¿novela? que publico aquí, en Fruska Gora. Si prefieres leerlo en papel (algo que siempre recomiendo), te lo dejo maquetado para que lo puedas imprimir. Si te gusta, sería de gran ayuda que lo compartieras por ahí.
El lugar exacto desde donde Gavrilo Princip asesinó al archiduque Francisco Fernando, heredero al trono austrohúngaro, y a su mujer, Sofía, el 28 de junio de 1914, cuenta hoy, como principal hito conmemorativo, con una triste placa que, atornillada a la pared de la calle Zelenih beretki, dice así: “desde este lugar, Gavrilo Princip asesinó al heredero al trono austrohúngaro, Francisco Fernando, y a su mujer, Sofía”, sin añadir, qué se yo, que “en ese momento el mundo dejó de girar”.
A mí, que había ido a Sarajevo para situarme en ese preciso lugar, a ver si sentía algo, esa placa me dejó completamente frío. Si me hubiera quedado satisfecho tal vez habría tomado el camino que entonces parecía razonable, que era, sin duda, el de la vuelta a casa. Sin embargo, la decepción me llevó a buscar una excusa para continuar mi viaje. Mis ahorros apenas alcanzaban para unos días más, pero me empezó a rondar por la cabeza una palabra que no tardó en convertirse en obsesión.
Esa palabra era Serbia.
Apenas podía citar entonces una ciudad serbia que no fuera Belgrado, y lo único que sabía sobre ella es que había sido bombardeada cuando yo era un niño. Desconocía las regiones del país, sus escritores, su lengua y sus costumbres. Lo que sí sabía es que había sido atacado por la OTAN y condenado por la Historia. Eso y ocho horas de autobús bastaron para convertirme en un convencido serbiófilo.
Belgrado significa ciudad blanca. Es a la vez europea y soviética, noventera y futurista. Es una urbe que ha ardido y renacido decenas de veces —cuarenta veces, para ser exacto, según las guías oficiales—, y eso, unido a un emplazamiento único, a la hermosa confluencia del Danubio y el Sava y a las moles brutalistas que parecen violentos puñetazos a la entrepierna del mundo, la dota de una rebeldía insolente y seductora.
El primer día cometí el error de vagar como un turista más: visité las fortalezas, las iglesias ortodoxas, las terrazas junto al río. En cuanto me alejé de Knez Mihailova aparecieron los sitios que quería ver: edificios bombardeados que nadie había terminado de derribar, patios interiores de estética punk, clubes ocultos en sótanos y fábricas convertidas en salas de conciertos donde sonaba música alternativa, pero no indie.
Una noche, en un antiguo hangar humedecido por el Danubio, entre depósitos oxidados y malas hierbas que nacían en las juntas de dilatación, conocí a la gente del ZKRA. Eran músicos, pero no cantaban. Eran artistas, pero no pintaban ni esculpían. Eran poetas, aunque no escribían versos. Parecían los real visceralistas de la performance o del happening o del arte conceptual. Conocí a cuatro de ellos: Mihail Strovic, Aurelia Vetriani, Helena Khörr e Inés Yavuz.
Yavuz había expuesto una serie de collages que mostraban banderas deformadas, monumentos europeos invadidos por símbolos extranjeros y extraños dibujos de cuerpos mestizos retratados como si fueran iconos bizantinos después de una guerra nuclear. Junto a cada obra, un breve texto iba componiendo un manifiesto titulado En defensa de la impureza, una apología del mestizaje y el kaos (la K de ZKRA, según algunos, hacía referencia a esa idea). También había retratos de vampiros, aunque no tenían colmillos ni piel blanca, sino que recordaban, más bien, a los desposeídos de Rouault, o a los miserables de Víctor Hugo. Yavuz me dijo que el vampiro representaba para ella una figura contaminada por la suciedad y el abandono, pero sobre todo por el abandono.
En plena madrugada se apagaron las luces del hangar y Mihail Strovic empezó a tocar el teremín, que produjo una serie de vibraciones metálicas y cavernosas. La luna, suspendida sobre las grúas del río, adquirió un tono rojizo. Aurelia Vetriani y Helena Khörr comenzaron a recitar versos en una lengua que no era inglés ni italiano ni serbio y allí, en medio de un paisaje dominado por el hormigón, entre enormes y viejas lascas de hormigón, aquellos artistas pronunciaron palabras desconocidas y tocaron el teremín, y, aunque hablaban en una lengua desconocida, anunciaron, con la inimitable precisión de la poesía, todo lo que estaba por pasar, todo lo que está sucediendo ahora: que los muertos saldrían de debajo de los árboles como raíces secas o como heridas viejas, y que eso ocurriría bajo las copas que giran hasta el cielo, y de aquella corriente de sílabas ásperas distinguí con claridad un par de palabras que se repetían como toques de campana.
Esas palabras eran: Fruska Gora.
A la mañana siguiente me subí a un tren que se dirigía al norte, a Novi Sad, a sabiendas de que nada de aquello tenía sentido y de que me había quedado sin dinero para regresar.
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