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El rey vampiro —una novela excelente a juicio de su autor— ya está disponible y hoy quiero regalar su primer capítulo. Los dos siguientes —y quizá alguno más— los recibirán únicamente los suscriptores de Fruska Gora.
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Tercera advertencia previa
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En la iglesia vacía reinaba la oscuridad.
Baarda bajó del altar con cuidado, la mano izquierda apoyada en su bastón, la derecha en la mano del niño. Caminaron juntos, despacio, hasta que llegaron al primero de los bancos, donde el cura se dejó caer y exhaló un suspiro de anciano.
El niño movía el pie con el frenesí de un perro enjaulado, pero no se atrevía a decir nada. Observó al cura. Respiraba cada vez más despacio y empezó a musitar palabras incomprensibles. Las pronunciaba en voz baja, en su lengua. Resignado, se sentó junto a él y escrutó el retablo envuelto en sombras. Se le ocurrió que Baarda, con su único ojo, quizá era capaz de ver en la oscuridad.
—¿Va a venir, padre? —preguntó, incapaz de contenerse—. ¿De verdad va a venir? ¿Él?
Baarda siguió rezando como si el niño no estuviera allí, y solo cuando hubo terminado se volvió hacia él. En su porte severo y cansado asomaba una expresión de cariño.
—Él ya está aquí —dijo.
En medio del silencio solo se oía el eco de los tambores que se alejaban, calle abajo, iniciando la procesión. El viento penetraba por entre las rendijas de los portones y azotaba, inclemente, los viejos muros de piedra. El niño miró hacia el suelo, dominado de pronto por un miedo sin nombre.
—Pero usted nos protegerá, padre. Usted se enfrentará a él, como ya hizo una vez.
Baarda asintió. El muchacho recordaba bien sus conversaciones. Una vez, hacía tiempo ya, le había contado su encuentro con el vampiro. Las palabras que usó aquel día retumbaban en la memoria del niño y también en la del anciano. Nos llamaron y acudimos. Fuimos allí de donde todos huían y nos adentramos en los lugares en los que nadie se quería adentrar. Así se lo había contado. Sin embargo, de eso hacía ya mucho tiempo. El niño no sabía aún lo que el tiempo puede hacer con los recuerdos.
—Estoy viejo, Diego —dijo Baarda—. He vivido muchos años. Mi fuerza se apaga, puedo notarlo, y en cambio la fuerza del maligno crece, se hace cada día más grande.
El niño y el anciano se quedaron de nuevo en silencio. Miraron las llamas ondulantes de las velas en los lampadarios. Diego recordó la misa. La iglesia, solo un rato antes, se había llenado de fieles con los rostros iluminados y aterrados por las palabras de Baarda.
—La llama de la fe verdadera —dijo de pronto como si repitiera una letanía, y Baarda se sintió mejor al oír sus palabras en boca de Diego—. La fe es lo único que puede acabar con el mal —añadió—. ¿No es así, padre?
El cura asintió con lentos y apesadumbrados movimientos de cabeza. Así era en efecto, y sin embargo, ¿a cuántos había logrado convencer de verdad?
—Los paganos antiguos se aferraban a ídolos, pronunciaban hechizos y creían en sortilegios. Nosotros rezamos, participamos en procesiones, nos agarramos a objetos de madera, pero de nada sirve. De nada sirven las oraciones a menos que las palabras las mueva una fe inquebrantable —Baarda hablaba presa de una nueva melancolía, y aunque Diego ansiaba interrumpirle, conocía bien al cura y sabía que no había terminado—: De nada sirven los actos que no van acompañados de una creencia capaz de quemar las entrañas. Hay que aferrarse a la fe, solo a la fe, a la fe de verdad, a Jesús. No hay más que comportarse como él se comportó.
A Diego le pareció que una lágrima bañaba el rostro de Baarda. El viejo no solo estaba cansado, sino derrotado y vulnerable. No lo entendía.
—Pero entonces estamos a salvo, ¿no es así, padre? La gente ha venido. La iglesia se ha llenado. La gente es buena.
—Ojalá fuera así, hijo mío, ojalá fuera así —Baarda miró a Diego con un cariño sincero—. Ojalá fuera tan sencillo. La gente ha venido, pero la gente no es buena. La gente no se comporta como Jesús se comportó. La gente no observa el mundo con la bondad con la que él lo observó. Y yo estoy cada vez más viejo.
Baarda se dejó caer aún más en el respaldo del banco. Las viejas maderas crujieron como un lecho de hojas secas. Diego se puso en pie de un brinco como si tuviera que compensar el cansancio del cura.
—Yo le ayudaré —gritó—. Mi fe es sincera y no tengo miedo. Yo le ayudaré.
Las procesiones hacía ya rato que se habían ido, y con ellas desapareció del todo el murmullo de los rezos, el arrastrar de los pies sobre las calles empedradas, el seco golpear de los tambores. De fuera ya no llegaba ningún ruido más que el del viento incesante. Baarda apoyó una mano en el hombro del niño y se dirigió a él con voz grave:
—No te apresures, Diego. No sabes lo que dices.
—Sí lo sé, padre. Lo sé bien. Mejor que la mayoría, mejor que todos los que estaban aquí. Yo le escucho.
Baarda miró al muchacho, de pie junto a él. En su expresión había un convencimiento y una pureza difíciles de encontrar, incluso en un niño. Le pareció que había crecido y pensó que tal vez fuera cierto. Tal vez el muchacho estuviera listo. El viejo se irguió ligeramente y empezó a hablar con otro tono, un tono más serio y, acaso, más triste:
—Escúchame bien. Un líder es aquel que se enfrenta a los miedos de los hombres, aquél que se adentra donde los demás no se quieren adentrar. Mírame bien, hijo, mírame a los ojos y contesta a esta pregunta de forma sincera, desde el corazón. ¿Estás listo? ¿Lo crees de verdad?
Diego cerró los ojos. Vio a su padre. Estaba tumbado en la cama, dormía o dormitaba, respiraba con dificultad, parecía envuelto en un sueño. Detrás de él había una sombra que se acercaba y se fundía con la oscuridad, y luego esa oscuridad se volvía aún más negra. Su padre tosía y estiraba los brazos. Entonces vio cómo aparecía un punto de luz. No procedía de ningún lugar en concreto. Al principio era tenue, tanto que había que fijarse muy bien para distinguirla, pero luego, poco a poco, se iba haciendo cada vez más intensa, hasta bañar toda la habitación de una luz caliente y pura. La sombra ya no estaba. Diego abrió a los ojos.
—Sí, padre, yo creo que estoy listo.
Un mar de velas llenaba la iglesia de un fulgor inquieto, una luz trémula que reptaba como un espectro por las paredes de piedra.
—Entonces voy a pedirte que hagas algo —dijo Baarda con un nuevo vigor—. Quiero que recorras la iglesia. La iglesia entera. Quiero que pases por el altar y por todas las capillas, y quiero que apagues los cirios. Apágalos todos. Apaga también las velas de los lampadarios.
—¿Todos, padre? —respondió Diego sorprendido, incapaz de ocultar la congoja.
—Todos, hijo. Haz la oscuridad, pues solo en ella podrás saber si estás preparado de verdad.
Baarda se acercó a Diego hasta que sus rostros llegaron casi a tocarse. Enarcó las cejas como un halcón hambriento:
—¿O crees acaso que las velas nos protegen? Son solo eso, velas. Eso es lo que esperan los demás, aquellos cuya fe es débil y tienen necesidad de aferrarse a la magia de los ídolos y los objetos. Tú dices que estás preparado, que me escuchas. Tú sabes que los vampiros portan la sangre de Satanael. ¿Piensas que uno de esos seres se detendrá ante el poder de unos juguetes? Ve ahora. No dudes. Confía en tu fe.
Diego se separó del cura y miró a su alrededor. Vio las decenas, los cientos de velas que iluminaban el templo. Pensó en lo que acababa de oír. ¿No era verdad? ¿No era cierto que las velas, igual que las cruces y los rosarios y las oraciones eran solo ídolos, supersticiones, falsas defensas cuya fuerza y solidez se basan en la inseguridad y en la debilidad? Sí, así era. La fe era la única verdad, y su fuerza era capaz de iluminar la iglesia con una intensidad mucho mayor que esas llamas falsas y pequeñas. De pronto Diego miró a las velas como si fueran enemigos, como si fueran instrumentos no de Dios sino del demonio, y se abalanzó sobre ellas con violencia. No dudó ni un segundo. Se acercó al primero de los lampadarios, en la nave izquierda de la iglesia, junto a la capilla dedicada a San Antonio, y empezó a apagarlos de forma frenética. Las llamas extinguidas hacían un ruido escurridizo que solo era apreciable en el más completo de los silencios, y luego dejaban hileras de humo en las que el niño vio pequeñas victorias que lo animaban.
Baarda lo observó, satisfecho. El muchacho se concentró en la tarea como si de ella dependiera la supervivencia del mundo, y a los pocos minutos la iglesia quedó en la oscuridad más absoluta. Diego se encaminó de vuelta hacia el lugar desde el que había partido, pero poco a poco, conforme avanzaba, sintió que los demás sentidos se le agudizaban. Olía el humo de las velas y olía también el del incienso que Baarda había quemado en la misa, mezclado, disperso, más suave. Oía la madera de los bancos crujir débilmente a cada movimiento, y sentía cómo en el suelo crepitaban a su paso pequeñas briznas de polvo o de tierra. Oía también el viento colarse por las rendijas de puertas y ventanas, como si librara una guerra contra los sillares de piedra. Supo que había terminado cuando oyó a Baarda respirar.
—Sólo en la oscuridad total —dijo el cura como si el tiempo no hubiera pasado—, que es el reino del mal, puede el creyente darse cuenta de su fuerza, de su fe. Dios está dentro de cada uno de nosotros. Su presencia es lo único que necesitamos. Así sentimos su protección, su guía y su luz. Dime, Diego, si eres capaz de ver.
—Sí, padre —dijo Diego—. Veo.
—¿Y crees, hijo? ¿Crees de verdad?
—Sí, padre. Creo.
—Dilo de nuevo, dilo otra vez.
—Creo, padre, creo de verdad. Dios está dentro de mí.
—Entonces no temas nada, hijo, ni aquí, protegido entre los muros de la casa de Dios, ni en ningún otro lugar. Mientras sientas esa fe nunca temas, pues te protege la llama imperecedera del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, del único Dios que nos cuida, y ésa es la luz que alumbra el alma y el corazón, donde no llega ninguna otra.
Baarda se acercó a Diego y le tendió una mano. El niño la vio y la cogió.
—Ven —dijo—. Acompáñame.
Iban ambos ataviados con largas túnicas blancas que les llegaban hasta los pies. Baarda llevaba, además, una estola y una cruz, también blancas, el niño un simple cinturón de cuerda. Caminaron juntos, en la oscuridad, hasta el portón lateral que se abría hacia la calle de San Pablo. Baarda tiró del asidero y deslizó hacia dentro la vieja puerta de madera. El viento entró en el templo como un conquistador victorioso.
—Se avecina una tormenta —gritó Baarda sin soltar la mano del muchacho—. El mal está cerca.
Salieron a la calle y miraron hacia el cielo en busca de la luna, pero un tapiz verde y negro la ocultaba. Los árboles movidos por el viento se inclinaban como pinceles desmochados. En el lado opuesto de la calle, las fachadas de los grandes caserones parecían murallas infranqueables. Diego sintió miedo. Baarda lo animó una última vez.
—No temas nada, hijo mío. Te acompaña el Señor en el día de su nacimiento. Confía en él, siente su llama. Ve ahora. Únete a las procesiones. Tu presencia calentará el corazón de todos.
Convencido, envuelto en un nuevo entusiasmo, Diego no tardó en fundirse con la oscuridad. Baarda permaneció inmóvil en medio de la calle, con el bastón apoyado en el suelo y la tormenta a su espalda. El viento le trajo olores viejos, restos desenterrados de memoria. Cuando era joven se enorgullecía de su olfato; ahora no captaba más que ecos, fragancias desgastadas que le devolvían a noches remotas. Las vio nítidas, intactas: la penumbra cómplice del pecado, los escombros humeantes donde solo quedaban gritos y súplicas, aquella noche interminable, fría y desgarrada por la tormenta en la que avanzó ciego entre los bosques más negros, guiado solo por Dios, hasta plantarse cara a cara ante el mal.
Una gota le mojó la cara y otra golpeó contra su cráneo. No tardó en empezar a llover con fuerza. Baarda volvió a la iglesia, empujado por la tempestad, y cerró penosamente los grandes portones. Descubrió entonces, solo en el interior del templo, que incluso ahora, después de tantas luchas, de tantos miedos superados y tantos sermones, la oscuridad aún le impresionaba.
No era miedo lo que sentía, pero una inquietud creciente se había apoderado de él. ¿Era así la realidad? ¿La vida golpeaba para luego dar solaz? ¿O acaso los golpes eran tan duros que solo la fe los hacía soportables? Se obligó a serenarse. Oyó la voz tranquilizadora del padre Roth y la voz severa del padre Eckart, y retumbaron en su cabeza, una vez más, las palabras inspiradoras de Malagrida. Se quedó allí, quieto, apoyado contra el portón, hasta que hubo recuperado la calma. Luego cruzó la iglesia con determinación y se dirigió al largo pasillo que conducía hasta la sacristía. Su bastón golpeaba desordenadamente contra el suelo. En el interior de la sacristía aún brillaba la llama de un candelabro. Agradeció que, en su fervor, Diego no la hubiera apagado también. Respiró con fuerza, empujó la puerta entornada y entró en la habitación. Entonces lo vio, de pie, vestido de negro y con el mismo aspecto de siempre. Sus brazos abiertos desplegaron unas enormes alas negras.
Si te ha gustado, tal vez te interese comprar el libro completo, aunque te advierto que el segundo capítulo inicia una segunda trama y el tercero, una tercera (el cuarto, en cambio, ya no inicia una cuarta; todo tiene un límite).



