El embaucador: la serie que ya debería estar en Netflix
Pablo de Olavide fue el reformista más polémico del siglo XVIII español: ambición, suspicacias, cárcel, un juicio de la Inquisición, exilios, alta sociedad… y, si hace falta, vampiros.
Un despacho en la sede de Netflix España. Un despacho moderno, ultramoderno, un despacho de revista, de esos en los que no hay una mesa grande en el centro sino una serie de mesitas redondas y de colores esparcidas por ahí, sin orden ni concierto, para que la gente se siente en grupos pequeños y pueda surgir la creatividad.
En las paredes —más tradicionales— una sucesión de pósteres que destacan los últimos éxitos de la plataforma: The Crown, Stranger Things, Los juegos del calamar, Ripley. Más que el título o el rostro de las estrellas, en todos ellos despunta el logo brillante y rojo de la plataforma.
Sentados alrededor de una mesa, dos responsables del área de contenidos escuchan —¿escuchan, realmente?— a un joven guionista —¿es un guionista de verdad?— que ha venido a venderles un proyecto. Ellos son jóvenes y van vestidos de manera informal. Sus nombres no nos interesan. Él también es joven, aunque menos, y se llama Roberto, pero le llaman Roger. Se ha puesto una chaqueta de tweed y una pajarita que parecen fuera de contexto.
No se ve una sola pantalla por ninguna parte.
—Aquí se viene a vender ideas, no a enseñarlas —dice uno de los responsables de contenidos de la plataforma, ante la extrañeza de Roger.
Nuestro guionista decide que su única oportunidad consiste en epatar, así que se acerca a los responsables de contenidos y les entrega un sobre cerrado. Les advierte que no lo abran. Aún no.
—Les presento El embaucador —dice.
Año 1746.
Roger se ha convertido, por arte de magia, en un actor de teatro. Incluso hace el gesto de ponerse un sombrero imaginario, y más que hablar, declama, con intensidad dramática, mirando fijamente la pared.
Ciudad de Lima.
Escombros, destrucción, muerte, caos.
Hace un gesto con la mano para indicar que la escena ha cambiado. La cámara enfoca ahora a otro sitio, el plano se hace más pequeño.
Una ventana rota en una casa que aún permanece en pie.
Se acerca a los responsables de contenidos. Dibuja un rectángulo con las dos manos que imita una cámara. La cámara hace un travelling hacia el interior de esa casa.
Una habitación lujosa y bien decorada. Un joven apuesto y una señora bastante más mayor que él hacen apasionadamente el amor.
Los responsables de contenidos se miran. Buen comienzo, piensan.
Roger lo sabe. Se viene arriba.
Gemidos, risas, placer. Cuando terminan, el joven se levanta, se asea, se viste con esmero, se perfuma. Lanza un beso a su amante y sale por la puerta deslabazada.
Roger vuelve a subir la voz. Abre los brazos y grita. Ante la mirada atónita de los responsables de contenidos, tira al suelo varias sillas, pone una mesa boca abajo. Cuando está listo, dirige la cámara imaginaria hacia un horizonte que no existe.
El terremoto ha dejado pocos edificios en pie. Nuestro héroe, insultantemente joven, camina a la manera de un caballero, despacio, manos a la espalda.
Roger lo imita. Camina con las manos en la espalda por entre las sillas tiradas al suelo. Se pasea con su pajarita por el despacho minimalista.
Lo observa todo. De cada detalle de la destrucción toma notas mentales.
Se adentra, por fin, en el edificio de la cancillería, que está también en estado lastimoso. Algunos trabajadores han improvisado allí, en medio de un patio, una pequeña oficina a la que acuden por igual nobles y plebeyos. Los primeros se quejan de robos. Los segundos dicen que no tienen agua.
Roger coge una silla y se sienta. Deja de ser el director. Se convierte en su protagonista.
Díganle a todos los propietarios que carguen en carrozas sus objetos de valor. Pueden traerlos aquí y tener por seguro que estarán protegidos por la guardia de la ciudad. Respecto al agua, dividan Lima en cuatro cuadrantes. Nombren un inspector para cada uno. Alguien competente. Encárguenle que identifique las fuentes que aún funcionen y las que se puedan reparar con facilidad. Yo mismo puedo ocuparme de Monserrate, Santa Ana y San Lázaro. ¿Dónde está el Virrey? ¿Está bien?
Roger se vuelve a poner de pie. Comprueba que los responsables de contenidos no han perdido el interés.
Hay un burócrata con peluca que parece odiar a nuestro héroe. Si pudiera, le escupiría. Sin embargo, a varios trabajadores les han parecido bien las propuestas. Nuestro hombre se quita el sombrero y se presenta: don Pablo de Olavide y Jáuregui. A su servicio1.
Uno de los responsables de contenidos levanta la mano:
—Vale, hay sexo, una trama de ambición personal y un personaje carismático que está decidido a llegar lejos. ¿A dónde nos lleva esto? ¿Cómo acaba?
La pregunta pone a Roger en ebullición. Los tiene. Deja de interpretar y empieza a hablar como un guionista o como un director:
—Esas primeras escenas condensan lo que es Don Pablo de Olavide y los problemas que le van a perseguir: inteligente, seductor, a veces brillante. Demasiado ambicioso en un tiempo en el que la ambición no era cosa de caballeros. De vida pecaminosa y, por lo general, indiferente a los principios de la buena religión.
Roger se deja caer en una mesa de color rosa. Vuelve a adoptar un tono teatral. Mira al techo.
Capítulo 1. Olavide se enfrenta a la espesa burocracia limeña y ayuda a salvar vidas, reconstruir infraestructuras y proteger la propiedad, pero nadie le aplaude. Unos monjes rencorosos sueltan improperios contra él, difunden su vida pecaminosa, le acusan de quedarse con una parte de los tesoros que protege. ¿Hay pruebas? Ninguna. ¿Hay dudas? Muchísimas.
Capítulo 2.
Roger anuncia los capítulos como quien arenga a las tropas: fuera del despacho, una muchacha tira un café del susto.
Olavide, decepcionado, se marcha de Lima, pero en Cartagena de Indias le roban todo su dinero y pasa varios meses trabajando para un holandés que es, a todas luces, pirata. Al final consigue reunir el dinero suficiente y se compra un billete con destino a España. Durante el viaje por el Atlántico se las da de aristócrata perseguido mientras retoza con la hija de un comerciante de Cádiz. Antes de llegar a puerto tiene una pelea con el padre de la muchacha, que a punto está de echarlo por la borda2.
Capítulo 3. Olavide acude directamente a Madrid, a la corte, donde lo juzgan por pirata y lo mandan a la cárcel. Un año después lo liberan y no pierde el tiempo: seduce a una viuda de buena posición, la colma de halagos y ella le hace partícipe de sus dineros, que no son pocos. Don Pablo viaja por Europa, compra libros, sobre todo libros prohibidos, y obras de arte. A la vuelta inicia su plan: se acerca a la alta sociedad, a la corte.
Capítulo 4. Los informes sobre el joven limeño y sus grandes ideas llegan al rey3, que lo manda a Sevilla para que demuestre su talento. Allí empiezan los problemas. Olavide es demasiado ilustrado, demasiado moderno, demasiado eficaz. Los sevillanos, rancios, suspicaces, le acusan de ateo, de anticlerical, hasta de hereje.
Capítulo 5. En Madrid, a pesar de todo, le hacen otro encargo. Uno bien grande. El rey quiere colonizar Sierra Morena, tierra de bandoleros. Es necesario que el viaje de Madrid a Cádiz se haga con seguridad, y para eso hay que crear pueblos que cuiden de la zona, donde un viajero pueda hospedarse. Olavide se vuelca con el proyecto, pero comete dos errores que le costarán caro.
Los ejecutivos, sobrepasados, lo hacen parar.
—Vale, vale. Nos gusta. ¿Tienes todo esto escrito?
—¡Pero si queda lo mejor! —exclama Roger—. Falta el gran enfrentamiento con Fray Romualdo, falta el juicio de la Inquisición, un juicio que se sigue en toda Europa, falta la condena por “convicto, hereje, infame y miembro podrido de la religión”, falta su huida a Francia, falta su conversión en estrella internacional, falta su relación con lo más granado de la Europa de las Luces: Diderot, Catalina la Grande, Madame du Barry.
—Está muy bien —dice uno de los responsables de contenidos—. Puede funcionar. ¿Algo más?
¿Algo más?, piensa Roger.
—¡Vampiros!
Los dos responsables de contenidos se miran por si no han oído bien.
Roger los entiende.
—No me han dejado hablar de las Nuevas Poblaciones y los colonos que vinieron de Europa. Lo entiendo. Cuando quieran, lean la carta que les he entregado. Contiene un resumen de la segunda temporada.
Nada indica que Olavide se presentara así, pero el comienzo es bueno. En realidad, la gente debía conocerlo en la cancillería, ya que era auditor. Y no debió tomarse el terremoto a broma porque varios familiares murieron allí. Licencias poéticas de Roger.
Esto no ocurrió; lo de la hija de Cádiz es una licencia artística. Pero, conociendo al personaje, bien pudo ocurrir, y eso es suficiente.
El rey quiso, en realidad, premiar al padre de Olavide por sus importantes servicios a la corona, pero no hace falta, en una serie de televisión, entrar en semejantes detalles.




Molaría un montón, esta serie con toda la tensión y carga gótica que describes y en los momentos de interludio o entre actos escenas de la plaza olavide en 2026